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9 nov. 2010

España: ser inmigrante

Creo importante reproducir de forma íntegra esta crónica que realiza  César Gavela, en lasprovincias.es, ya que trata de una manera muy clara lo que pensamos muchos inmigrantes. 


Por César Gavela

Es un trabajo de por vida. Porque quien ha tenido que irse de su tierra y de su entorno cultural tendrá que dedicar el resto de sus días, con mayor o menor intensidad, a reinventarse como persona. A buscar a ese otro que también es.

El inmigrante es una conciencia en permanente examen. Que se pregunta cada día por su decisión de emigrar. Por su patria y por el destino que él, sobre todo él, ha forjado. Sus dudas, sus sinsabores y su extrañeza se parecen mucho al corazón de la modernidad.

El inmigrante elige la incertidumbre. Por eso, podríamos decir que su vivencia es literaria. Como el escritor que aborda un libro sin saber muy bien qué es lo que va a suceder en el texto, el inmigrante abre su vida desde ese no saber. Pero ese no saber le llevará a saber mucho más de sí mismo. Mucho más de lo que sabría si se hubiera quedado en su tierra.

En estos días se ha presentado el informe anual de la Fundación valenciana Cei-Migra, que es uno de los mejores observatorios de toda España sobre la situación de los inmigrantes y de las políticas públicas que luchan por su integración.

Se trata de una labor llevada a cabo por el Estado pero, sobre todo, por los ayuntamientos y muy particularmente por las autonomías, que son quienes afrontan la integración de los inmigrantes en los cruciales ámbitos de la sanidad, la educación, los servicios sociales y otras figuras asistenciales. Muchas de ellas gestionadas por las organizaciones no gubernamentales y otras instituciones muy meritorias.

Y no podemos olvidar que la Comunidad Valenciana tiene un serio déficit respecto a otras autonomías, porque su financiación se sigue basando en el censo de 1999, cuando la población era de cuatro millones. Un cómputo en el que faltan los ochocientos mil inmigrantes que han llegado desde entonces.

Son cifras que abruman. Pero también que constituyen una esperanza. Que dibujan una realidad nueva, irreversible. La de una comunidad cada vez más mestiza y plural, más creativa culturalmente, más cohesionada desde la diversidad. Y todo ello sin caer en el multiculturalismo, ese error que quiere convertir las ciudades en una caótica suma de guetos que ningún estado democrático puede aceptar.

Los inmigrantes aún necesitan más que lo que las instituciones les ofrecen. Necesitan que todos los ciudadanos nos pongamos en su lugar. Conozcamos sus preocupaciones. Porque, en el fondo, todos somos inmigrantes. O lo fueron nuestros antepasados.

Quien se acerque al fenómeno social más relevante de estas décadas descubrirá algo nuevo dentro de sí mismo. Y mirará de un modo más justo a quienes han venido desde muy lejos a formar parte de esta sociedad. Que también es la suya, plenamente.


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